La seguridad
En este artículo no quiero molestar a nadie, a ningún país o ciudad. Solo quiero compartir mi experiencia y mi opinión sobre la (in)seguridad en Sudamérica.
Y miren – viajé por Sudamérica casi nueve meses – y solo me robaron tres veces. Eso no es tan malo para un gringo joven que no está muy preocupado por su seguridad.
Antes de viajar a Colombia toda mi familia y mis amigos pensaron que me volví loco. Mi mamá estuvo muy preocupada por mí porque hace muchos años su compañero del colegio fue asesinado en Colombia. Pero yo ya tomé mi decisión y de verdad no me dio tanto miedo, yo estaba muy emocionado a ver una cultura tan distinta para mí. Y tengo que decir que casi nunca me sentí inseguro en ningún país y que los países en general me parecieron mucho más seguros de lo que se dice en Europa (o al menos en Chequia).
Pero tal vez me robaron tres veces porque aún no sabía de que hay que estar atento. Pues si ustedes no son latinos y están pensando en viajar a la América Latina mi artículo también puede ayudarles para que se sientan más seguros y no les roben.
El celular
Después de un mes en Bogotá tomé un autobús a Medellín. Era un viaje larguísimo que duró casi 14 horas (pero mucho más barato que un vuelo). Justo el segundo día en Medellín me fui al centro en el metro. Tuve que hacer un transfer y cuando subí al otro tren en la parada solo puse mi celular en el bolsillo de mis pantalones cortos y no lo cerré. Cuando el tren salí de la estación, se me desconectaron los auriculares y ya supe que perdí mi celular. Pues hablé con la guardía de seguridad y ellos llamaron a un policía pero él me dijo que no me puede ayudar. Después los chicos del hostal me dijeron que a los policías se tiene que dar una plata para que me ayuden. Pues siempre es mejor tener el celular en un bolsillo cerrado o en la mochila (o dejarlo en la casa). Después fui a la última ubicación del celular que se encontraba en un gran edificio con muchísimas tiendas que venden celulares. Era imposible encontrar mi celular.
Pagos con tarjeta
Eso me ocurrió cuando me visitaron mis papás (son muy gringos, mi papá mide 1.86 metros, tiene el cabello gris y es muy gordo) en Perú. Les esperaba en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez en Lima. Como no tenía datos tuvimos que pedir un taxi. Nos acordamos del precio (30 soles) y fuimos a nuestro hotel. Cuando bajé del taxi pagué al chico joven que hasta ese momento me pareció muy amable. Estuve pagando con tarjeta, vi el precio que de verdad era 30. No me di cuenta que no era en soles sino en dólares (3,5 veces más). No lo dije a mis padres porque no quería molestarles desde el principio de sus vacaciones y tampoco era su plata. Desde aquel momento presto mucha atención siempre cuando estoy pagando con tarjeta.
El collar
Hace unos años mi abuelita me regaló un collar de oro. No sé cuánto le costó pero para mi era como un amuleto. Yo siempre lo había tenido puesto. Casi no sabía que lo tenía puesto de verdad, era como un tatuaje. Por eso me molestó tanto cuando me lo robaron. Y también porque eso ocurrió en la ciudad que me gustó muchísimo – Río de Janeiro. Estuve sentado en la calle y esperando la comida que pedí cuando un chico me arrancó el collar del cuello. Me tardé unos segundos y después corrí hacía él. Ya lo casi tuve pero después el chico robó una bicicleta y se fue.

